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Guárdate tus “piropos” y no te acerques de más

22 oct 2016
3 min de lectura

Hay historias que se repiten una y otra vez. Y, lamentablemente, la mayoría de las que leáis esto os sentiréis identificadas. Entenderéis cuando, a pesar de sentiros fuertes, independientes y seguras, habéis acelerado el paso yendo solas a casa y habéis apretado las llaves con vuestra mano hasta llegar al portal.


No pienso ser de las que digan “no vuelvas sola a casa” porque odio que me lo digan a mí y odio que sea algo que se tenga que decir. Pero entenderéis que, aunque hay situaciones que se podrían dar en cualquier momento, ocurren especialmente cuando hay gente de fiesta o en ciertos lugares. Y lo entenderéis por experiencia.


Por suerte, no soy de ir a grandes fiestas ni discotecas, pero como “toda hija de vecino” he tenido que aguantar más de una situación que me hubiera gustado ahorrarme.


He probado todas las formas de contestar a un supuesto “piropo” incómodo por la calle, que desgraciadamente, todas hemos tenido que aguantar en algún momento. Y me acuerdo de todos, de los que seguí caminando con los auriculares puestos como si no hubiera escuchado nada, como con los que tuve que pararme. Me acuerdo de aquel obrero del: “guapa, mira que es guapa y lo sabe”, mientras su compañero que seguía trabajando se reía. Me acuerdo cuando tuve que cruzar de acera porque un tío estaba gritando: “¡Guapa! Oye, ¡que te digo a ti!”. He aguantado a chicos creando conversaciones incómodas o preguntándote sobre toda tu vida hasta cansarse de escuchar “no te importa” o “no lo sé”. A grupitos de tíos haciendo comentarios por la calle o parando el coche para decir alguna chorrada del mismo estilo.


Recuerdo hacer círculos cuando salía con amigas y nos íbamos alejando y cerrando a hombres de 40 y tantos que intentaban a la desesperada arrimarse a alguna de nosotras, o a todas. También alguna vez cometimos el error de aceptar “bebida gratuita” de la barra, o de entrar en un pub porque era gratis para nosotras.


Recuerdo ir con toda mi clase a una discoteca y en mitad de la noche notar que mientras salíamos del local abarrotado alguien me tocara el culo. Girarme, y no poder tener a nadie a quien gritar ni reclamar mientras salíamos a empujones. Y lo peor, que la única que sintiera vergüenza fuera yo.


Esto no es normal, al menos no debería serlo. Ni es gracioso, ni halaga, ni viene a cuento. En el mejor de los casos es incómodo o embarazoso y, en la mayoría, humillante.


Y, ¿por qué cuento esto? Hace unos días en Jamboree, una discoteca de Barcelona, una chica intentó denunciar que un joven la tocara sin consentimiento, y la respuesta de los seguratas fue: “si le estabas bailando, ¿qué te esperas?” y prohibirle el paso al local. Y, tras buscar ayuda en los Mossos de Escuadra no encontró mucho más apoyo. “Es tu palabra contra la suya”, refiriéndose a los encargados de seguridad, dice que le contestaron los agentes.


(Haz clik en la imagen para acceder a la noticia)


¿Sabéis qué es lo peor de todo? Que éstas son las mismas historias que casi cualquier mujer a la que preguntéis os van a poder contar. Y si no son éstas, son mucho peores. Y, a lo mejor, si hubiera un apoyo por perseguir este tipo de actos, más chicas se atreverían a denunciarlo la próxima vez que nos toquen de más, nos molesten babosos o nos sintamos humilladas con esos “piropos”. Porque no hay piropo más dulce que salir a la calle y sentirte segura y respetada.

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