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Esperanza en el mar, calor en los estadios e indiferencia entre la población

17 oct 2016
5 min de lectura

Hace unos días Yorokobu publicó un artículo titulado El fútbol puede cambiar la imagen que tienes de los refugiados. En él explicaba como dos creativos publicitarios de una agencia llamada +rehabstudio organizaron un torneo de fútbol para intentar cambiar la imagen que la población de Europa tiene de los refugiados.


Uno de los organizadores, Aryven Arasen, afirmaba que el objetivo que perseguían era ''demostrar que todos somos humanos y somos iguales'' y que los refugiados no quieren nuestra lástima sino ''nuestro apoyo''.


La cuestión es que, aparte del interesante contenido del artículo, lo que me llamó la atención fue, precisamente, el titular del mismo. Y es que me permitió acordarme de una idea que tuve hace tiempo y sobre la que tal vez no reflexioné con la profundidad con la que lo debería haber hecho.


La idea del titular es clara. Un deporte como el fútbol es capaz de cambiar nuestra visión acerca de los refugiados. Parece simple, ¿verdad? Y en realidad lo es siempre y cuando no queramos gastar demasiada energía de nuestras neuronas.


La idea que me vino a la cabeza y a la que me refería cuando hablaba del titular consistía en que los refugiados -como nosotros los llamamos- son también conocidos por otro término: inmigrantes. Una vez consiguen llegar a las costas de nuestros países adquieren ese término por el que quedan marcados durante, tal vez, el resto de sus vidas.



Inmigrantes en una patera. Fuente: diario Público

Pero que quede claro: los inmigrantes no son solo aquellas personas de las que oímos hablar y que vemos día sí día no en los medios de comunicación llegando a las costas europeas (si llegan) en pateras en condiciones tan brutales como famélicos, enfermos y, en muchas ocasiones, cerca de la muerte. Los jóvenes españoles que se van a otros países a trabajar fuera también lo son.


Si buscamos la definición de ''inmigrante'' en Internet podemos encontrarnos, por poner dos ejemplos, o bien ''que llega a un país o región diferente de su lugar de origen para establecerse en él temporal o definitivamente'' o bien, y como recoge el Diccionario de la Real Academia Española (RAE), ''que inmigra''.


No es por desacreditar o ignorar al diccionario más importante de la lengua española, pero si tomamos al pie de la letra el primer significado antes expuesto, podemos entender como inmigrantes tanto a aquellas personas –ya sean mujeres, hombres o niños- que llegan en pateras atravesando el mar como a los jugadores y jugadoras de fútbol que no son españoles de nacimiento.


No sé cual habrá sido la reacción que le habré generado, querido lector. Puede que incluso haya dicho algo como ''ya viene otro con la misma monserga''. Si es así, lo siento. De todas formas, yo no cobro por escribir aquí y usted puede dejar de leer el artículo cuando quiera.


Se está extendiendo la idea de que los inmigrantes vienen a quitarnos el trabajo. Mire, la verdad es que estamos sumidos en una profunda crisis desde 2008 y la búsqueda de empleo ha consistido siempre en una especie de competición en la que gana (o no) el mejor y el que más se lo merece.


Tenga en cuenta que los inmigrantes, cuando llegan a España no tienen las mismas posibilidades que la gente que ya lleva viviendo aquí algún tiempo. Ellos vienen del Tercer Mundo y nosotros del primero. Y con esto no estoy queriendo decir que los jugadores de fútbol no hayan pasado por penurias para llegar hasta donde están ahora. Como comprenderá no conozca la historia que hay detrás de cada futbolista.



Inmigrantes cerca de la frontera de Hungría con Serbia. Fuente: eldiario.es



Lo que sí sé es que estas personas vienen no solo de los países del Este sino también en pateras desde África. Embarcaciones llenas de gente engañada por las mafias que, una vez en el mar, las abandona a su suerte. Sé que la gente deja atrás toda su vida porque en sus países natales hay hambre, guerra, pobreza…


Su desesperación y sus sueños tienen tanta fuerza que su última esperanza es buscar un futuro mejor en países con mayor capacidad económica y que, por supuesto, prometen un futuro si no muy bueno, al menos asequible y suficiente para sobrevivir.


La cuestión es que si no queremos a estas personas, ¿por qué sí que queremos a los jugadores de fútbol que también vienen de fuera? Jugadores de gran éxito nacional e internacional que pertenecen a grandes clubes ya consolidados y queridos que pagan a los medios para que todos los días oigamos hablar de ellos o les veamos el careto en nuestras pantallas y que así su fama no decrezca. Todo eso, que al fin y al cabo es publicidad, ayuda de forma inconsciente a que nuestra opinión sobre ellos sea positiva.


El fútbol levanta pasiones y los futbolistas –hablo de aquellos con gran fama, no creo que sea necesario nombrar a los clubes a los que pertenecen- al fin y al cabo ganan millones por –y me van a permitir utilizar una frase que he escuchado en muchas ocasiones- chutar un balón.


Toda la luz, las alegrías, la pasión, las noticias… no hacen otra cosa que agrandar su fama y sus figuras inmaculadas, y les aceptamos porque marcan goles y ganan trofeos para nuestros equipos. Las personas que corren para huir de la guerra y llegan en pateras también tienen fama, pero no la misma. En este caso, solo les vemos en los medios para saber que o bien se han ahogado en alta mar o bien, si han conseguido llegar, para que nos quede claro que no hay suficiente espacio para ellos. Estas personas no son incultas, pues algunos en sus vidas pasadas fueron médicos o abogados.


Cambiemos de actitud. Puede que haya un abismo entre los que marcan goles y los pobres de las pateras. Pero ese abismo se reduce cuando decimos que tanto unos como otros son personas. Personas con los mismos derechos como usted y como yo, querido lector. Hagamos autocrítica y empecemos a abrir los ojos. No nos conformemos solo con ver las noticias. No nos conformemos con refugiarnos en ese sentimiento de pena e injusticia que aflora en nuestras cabezas cada vez que les vemos en la televisión y que suele estar presente en nuestras mentes tan solo los cincuenta segundos que puede durar la noticia en cuestión. Porque después dará paso a otros pensamientos mucho más alegres motivados por programas o películas que harán que ese pensamiento se difumine.


Usted y yo, al igual que los jugadores y jugadoras de fútbol, somos personas. Y las personas que huyen de las guerras y hambrunas también lo son. La próxima vez que les vea siéntase afortunado o afortunada de no estar en la misma situación en la que se encuentran ellos. Piense cómo actuaría usted.


Yo ya lo he hecho. Y usted también puede. Al fin y al cabo… somos personas, ¿no?

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